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Akhenatón, el faraón hereje


Cara pétrea, rostro intrigante y alargado, ojos almendrados, pómulos salientes. Es Amenofis IV, Akhenatón, el profeta impostor.

El inglés Nicholas Reeves, fue director del Proyecto Tell el-Amarna, las Tumbas Reales en el Valle de los Reyes y durante muchos años, el cancerbero de los tesoros egipcios en el Museo Británico de Londres. También es el autor del libro Akhenatón, el falso profeta de Egipto.

En su libro habla del hecho de que en la larga lista de faraones egipcios todos modelados prácticamente por la misma mano, hay uno que sobresale, y este es Amenofis IV, el cual su apariencia ya daba a entender que era diferente, especialmente extraño.

Su extravagante fisionomía

Todo su cuerpo está lleno de interrogantes y hasta su psique ha sido investigada e incluso se han hecho estudios psicoanalíticos. Algunos sugirieron la hipótesis de que podía haber sido una mujer. De anchas caderas, rostro alargado, labios gruesos, pómulos y barbilla abultados, ojos con la comisura de los párpados muy pronunciada, vientre flojo y muslos femeninos, se pensó que era un ser deforme que reinó en el Valle del Nilo hace aproximadamente 3.500 años.

Tampoco es factible probar si esas anomalías hayan existido o que todo se debiese a una nueva forma de expresión artística, una nueva concepción del arte o que él haya dado la orden expresa de que toda la cultura en su reinado se representase a su imagen y semejanza, ya que su mujer y sus seis hijos fueron representados de forma similar.

La gran transformación de su gobierno

Este faraón, que se casó con la famosa y bella reina Nefertiti de repente, instituyó un nuevo establishment en su mandato, alrededor del año 1350 antes de Cristo. Comenzó por destituir a todos los sacerdotes, una casta íntegra, los dejó sin sus privilegios que eran ingentes, los despojó de sus tesoros y los entregó a los humildes, para que se edificaran casas de beneficencia. Un caso muy peculiar que no tuvo ni precedentes ni sucesores en su ideología.

Para él el único dios verdadero era el Sol, del que emana esa potente energía que nutre a todo ser viviente. Se consideró que negaba todos los dogmas establecidos por la religión egipcia, que era un hereje. Desató infinidad de contiendas entre sus adeptos y sus enemigos, en las que las aguas del maravilloso río Nilo se tiñeron de sangre miles de veces.

La barbarie de los que vinieron después

Controvertido y atrapante como pocos personajes de la historia, el lugar en que Akehnatón eligió para situar su imperio, Tell el-Amarna, hoy está totalmente dejado de la memoria y condenado al más infame olvido. Se han destruido todas sus imágenes exóticas porque seguramente resultaban endiabladas para sus adversarios. Cada relieve, cada lugar representativo de su dinastía ha sido borrado de la faz de la tierra. A veces cuesta creer tanto odio a lo diferente, a lo que provoca un cambio en la sociedad, a lo que puede despertar conciencias dormidas.

Repudiado por su descendencia

Tuvo un hijo, Tutankatón, que al subir al trono renegó de su padre y se cambió el nombre por uno que hoy es conocido por todo el mundo, el Faraón Niño Tutankamón. Tal vez por eso,  por ser hijo de alguien que rompió con todas las reglas y por abominar de él, mantuvo dentro de sí el extraño maleficio de las momias y de los faraones.

La tumba de Akhenatón, la KV55 del Valle de los Reyes fue descubierta en el año 1907. Los estudios de ADN dicen que esos restos posiblemente sean los del padre de Tutankamon o de su sucesor en el trono Semenkhare. Todo son incógnitas para los estudiosos de la Arqueología en el entorno de este oscuro personaje.

Imagen: Pinterest/ Michael Freeland


@mamiroca


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