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El cirujano que defendió a los cíclopes: Ambroise Paré



Un hombre noble y valiente que empleó sus conocimientos y su tesón para ayudar a los dejados de la mano de Dios.
Turín, en el año 1578 hubo una noche muy difícil para una campesina que estaba dando a luz. Había tenido una hemorragia demasiado abundante. A los costados de la cama se encontraba un niño rodeado por la placenta, pero sus rasgos estaban ocultos por un coágulo. Cuando la matrona procedió a limpiarle, el espanto se convirtió en un grito desgarrado. En su cabeza, cinco cuernos similares a los de un carnero en la parte alta de la frente y por detrás una capucha de carne como una caperuza de niña. Alrededor de su cuello, una pieza de piel como si fuese una camisa, dedos como garras y las rodillas en las corvas. Pies y pierna derechos eran de un rojo encendido y el resto del cuerpo gris humo. Lanzó un chillido espeluznante que hizo salir a todos horrorizados.

Se inició una búsqueda, pero ese ser jamás volvió a verse.

Una noble decisión

Esto fue lo que trastoca la vida de Ambroise Paré, autoridad mundial en el tratamiento de las heridas de bala, que presenció el macabro nacimiento e hizo que abandonara toda su vida y su carrera de prestigio para investigar y ayudar a estas criaturas extrañas y deformes.

Su persistencia por averiguar cómo poder desentrañar el misterio de estos seres, que en poblados de España, Italia y Francia eran quemados en hogueras y tildados de demonios por la Inquisición, lo llevó a dejarlo todo. El desconocimiento hacia estas criaturas y el espanto que provocaban a quien las viera hacía que automáticamente fueran vistos como verdaderos diablos encarnados.

Ambroise Pare recorrió miles de kilómetros con sus cuadernos donde se producían los extraños nacimientos que traían tanto espanto, para los que la ciencia no tenía respuesta.

Luego de doce largos años de arduas investigaciones escribió un gran libro prohibido durante décadas Monstruos y prodigios, una enciclopedia con dibujos difíciles de tolerar a quien los viese con niños de tres cabezas, cíclopes de un solo ojo que vivían apenas unos días, o seres de seis brazos y con garras de alimaña, figuras convulsas para una mentalidad no preparada aún para esas visiones.

Un defensor convencido y comprometido

Paré se apersonó en centenares de ejecuciones, salvando de las llamas a inocentes, que eran condenados simplemente por el hecho de nacer diferentes. Presentó infinidad de batallas a la todopoderosa Iglesia, atribuyéndole la culpa de su incultura y su estrechez, persuadido de que esos pequeños, que acababan muriendo horas después eran poseedores de un alma y debían ser enterrados como cualquier cristiano de bien.

Hasta el día en que murió se peleó con la Facultad de Medicina de Francia, que obcecadamente se negaba en rotundo a estudiar estos casos, intentando sin lograrlo que su investigación ayudaría a saber mucho más sobre el estudio del cuerpo humano.

El reconocimiento mundial

Pero como el tiempo suele poner a todos en su sitio, tres siglos después, sus documentos, sus escritos y su archivador lleno de fichas fueron la base fundamental para que jóvenes científicos, con ideas abiertas y renovadas y con verdadera vocación como él, además lo viesen como un legado principal para el avance médico y de la ciencia en general.

Efectivamente, estas investigaciones hicieron dar un salto cuantitativo y cualitativo a la Biología, la Medicina y la Antropología.

Por tratar de salvar a los desahuciados, él mismo terminó condenado en la controversia más feroz. Hereje para la mayor parte del público, ninguneado por sus antiguos colegas, Ambroise Paré como todo el que se adelanta a su tiempo, terminó en el sitio que le corresponde, con letras de oro en la Medicina moderna. Nadie niega hoy que aquel magnífico y sabio cirujano había descubierto una nueva ciencia.


@mamiroca



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