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La monja de Garganta La Olla



La historia de un pastor que tuvo un encuentro espeluznante que cambió su vida.

En los pequeños pueblos y comarcas de España, donde el tiempo se detiene, hay un espacio para que los sabios y los ancianos revivan relatos y viejas leyendas. Algunas totalmente fantasiosas, pero otras que al menos hacen dudar o que tienen nombre y apellido en una tumba del cementerio.

En el pueblo de Garganta La Olla, Cáceres, ocurrió algo que cambió su historia para siempre, algo que aún hoy en las apacibles tardes los más antiguos del lugar relatan a quien lo quiera oír.

Cuando el alimento eran las castañas

En una época plagada de escaseces, un pastor, José Pancho Campo, según cuenta su sobrino, estuvo recogiendo una gran cantidad de castañas, tarea vital para toda la familia, ya que de eso dependía su subsistencia. Una terrible tormenta, lo encontró bajando del monte e hizo que se refugiase en una choza, que desde tiempo inmemorial servía de parapeto a la gente de campo. Lobos y alimañas seguramente estaban merodeando, por lo que decide ponerse a resguardo y encender el fuego.

Un llamado extraño

Una hora más tarde, tres fuertes golpes resonaron en la vieja puerta de madera. Cobijado por una manta y al lado de la lumbre, José Pancho no tenía ninguna intención de responder y se interrogó sobre la identidad del que llamaba a esas horas y por esos lares. Primero intentó ignorarlo, tal vez un animal intentando entrar, el propio ruido de la lluvia, pero mientras pensaba en ello volvieron a repetirse los golpes. Golpes que no auguraban nada bueno.

Una puerta que José no debió abrir

Armándose de valor, se incorporó y cuando se encaminaba hacia la puerta, oyó una voz de mujer, lamentos que decían: -“Tengo frío… tengo frío…” José, titubeando, abrió y se encontró con una mujer pequeña delgada y vestida de negro. Pensó que era una monja, tal vez del cercano Monasterio de Yuste, o que quizás se hubiese extraviado en medio del temporal. Le llamó la atención que al él hacerse la señal de la cruz como era costumbre, ella no repitiese el gesto, en vez de eso, callada se dirigió hacia la pared cerca del fuego, pero al darse la vuelta, con la luz de la hoguera iluminando el lugar comprobó que efectivamente era una religiosa, pero debajo de su ropaje enlutado, se vislumbraban unas pezuñas de chivo. 

¿Qué era lo que estaba viendo? ¿A qué o quién le había abierto José la puerta? ¿Podría escapar de aquello? El resto de lo que ocurrió aquella aciaga noche es un misterio.

Lo que le cambió la vida

A la mañana siguiente, el 21 de noviembre de 1947, en La Casilla, en Garganta La Olla, encontraron a José Pancho Campo preso de un terrible impacto emocional, prácticamente muerto de miedo, en posición fetal y temblando, aterrado, sin fuerzas para salir de la pequeña choza donde había pasado esa terrible noche.

El que antaño había sido un valiente pastor, honesto y trabajador era ahora frágil, vulnerable y asustadizo. Para él fue el diablo en persona con quien tuvo ese funesto encuentro y seguro de ello se fue a la tumba.

El resto de sus días los pasó envuelto en terror y pánico en una casa que estaba junto al camino donde tuvo aquella horrenda señal, convencido de que el diablo, satán o baphomet, el nombre no fue lo importante, vestido con ropajes de hermana de la caridad, lo había visitado esa noche.

En el viejo cementerio, a la vista de cualquier alma sensible, hay una lápida con su retrato de tiempos felices, anterior a que lo maligno se cruzase en la vida de José Pancho Campo.

@mamiroca

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