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El sacamantecas de Vitoria


Un personaje espantosamente real que vivió en España en el siglo XIX, el primer vampiro español.

Juan Díaz de Garayo, de apodo ‘el zurrumbón’, de dos metros de altura, de oscura piel curtida por el sol y cabeza irregular, había sido un hombre normal y tranquilo, hasta que todo se trastocó una mañana de marzo del año 1870, cuando escuchó la voz del maligno y se convirtió en el Sacamantecas de Vitoria.

Escondido en un sendero de los que se pierden en los llanos de Álava, aguardó a su víctima, una joven que se dedicaba a la prostitución en los pueblos cercanos a la capital. A la muchacha se le pusieron los pelos de punta cuando oyó una especie de resoplido, un aullido bronco que parecía provenir de un animal, pero al instante le detenía el paso con los brazos extendidos y los ojos inyectados en sangre, una faz horripilante que mucho tenía que ver con el propio Satanás.

El metal de un filoso cuchillo abrió en canal a la indefensa mujer, dejando ver sus vísceras y allí salvaje y desaforadamente, hundió su cabeza Díaz de Garayo, el aberrante monstruo, para ingerir su sangre con ansia febril.

Un asesinato muy parecido a los sacrificios más ancestrales de la humanidad.

Cuando fue a declarar en el juicio sumarísimo en el que se le sentenció años más tarde, en su defensa alegó que un extraño y maléfico ser lo había dominado, y lo impelía a alimentarse del alma de otros.

Los diablos que atemorizaban y corroían a Díaz de Garayo, volvieron una vez más. Figuras difuminadas, apenas perceptibles, sin cara, que lo penetraban a través de su piel y lo transformaban en un títere del demonio, cada noche cuando escuchaba sus espantosas voces atormentándolo.

Un año después, a pleno día y en un llano solitario, sus enormes manos desgarraron un nuevo cuerpo. El tiempo pasaba y el ser que lo empujaba a esas macabras acciones, que sólo habitaba en la intrincada mente de Garayo, pedía más sacrificios cada vez más frecuentes, envolviendolo en una horrenda pesadilla. En sus oídos una voz sedienta de muerte solicitaba más crímenes, empujándolo a un abismo de asesinatos y violencia. Otro asqueroso requisito era que debía vaciar los cadáveres de hasta la más mínima gota de sangre y tenían que ser de personas cada vez más jóvenes. La última criatura, sólo contaba con trece años.

La confesión

Diez años después, acorralado por la confesión fortuita ante una niña que se atemorizó mortalmente por su mirada mefistofélica, ese ser deforme, enorme y brutal que no pasaba inadvertido en esos años, fue ajusticiado y condenado a la máxima pena, la de muerte. 
Describió sus horripilantes carnicerías con minuciosidad y lujo de detalles,  hasta tal punto que descompuso a los propios funcionarios de la policía de aquella tranquila Vitoria del siglo XIX.

Su final

En el año 1880, el famoso verdugo burgalés Gregorio Mayoral, ciñó las clavijas del garrote vil para extinguir la vida del asesino. Antes de morir, fue inculpado de seis asesinatos, pero jamás se encontró un solo resto de los cuerpos. Tal vez fueron muchos más, tal vez decenas. En el enjuiciamiento se puso sobre el tapete que podría haberlos sangrado y comido a la mayor parte, dejando apenas la piel como la de un espectro, que pudo haberlos eliminado tirándolos a un riacho cercano a su cabaña. Un lugar misterioso, lleno de grabados prehistóricos.

Días antes de ser condenado en el frío patio de la Prisión provincial, médicos forenses venidos de toda Europa, investigaron las proporciones y medidas de su cráneo, una cabeza similar a la de un simio que para algunos era la prueba fehaciente de la existencia de un ser ancestral y primitivo en su máxima expresión, en la que su mezcla de sangres y genes, desencadenaron un fatal y repugnante eslabón perdido. 

Esta historia, tan espeluznante como real, fue difundida por Iker Jiménez, en su programa Milenio 3, de la Cadena Ser.


@mamiroca