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La guerra biológica


Esa especie de locura de matarse los unos a los otros.



El armamento biológico y la posibilidad latente de su utilización por parte de terroristas, es una de las ideas más obsesivas del siglo XXI. Pero no es algo nuevo, ni mucho menos. Si uno se retrotrae a la espantosa peste negra que devastó Europa durante el Medioevo se sabe que tuvo su raíz en el método de lanzar con una catapulta cadáveres infectados con este mal, sobre las murallas de las ciudades que habían sido sitiadas.

Ántrax y peste bubónica

Esta macabra forma de eliminación del enemigo no llegó a tener gran importancia hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando el japonés Shiro Ishii, Doctor en Medicina, microbiólogo y Teniente General del Ejército Imperial Japonés, se empleó a fondo en investigar sobre el asunto, introduciendo sustancias que contenían los gérmenes de las enfermedades más diversas, dividiendo en partes sus cuerpos cuando aún estaban vivos, y sin ningún tipo de anestesia a un sinfín de soldados, prisioneros y civiles  confinados en la Unidad 731, destinada en la ciudad de Harbin, China. 

La idea le surgió cuando observó que la Convención de Ginebra había prohibido las armas químicas y bacteriológicas. Si esto era así, debía ser porque eran armas realmente letales y dio rienda suelta a su maldad en dos campos, uno en crear bombas de ántrax como armas de destrucción masiva y el otro en crear una bomba de la peste bubónica, modificando la pulga de dicha peste para que fuese muy superior su condición de mortífera. Su cálculo era que podía arrasar una ciudad del tamaño de Los Ángeles en cuarenta y ocho horas. Sus pruebas con la peste en Manchuria dieron como resultado la muerte de entre doscientas y seiscientas mil personas.

Sus experimentos pretendían analizar la tolerancia del cuerpo humano a los efectos de los descensos bruscos de temperatura o a los cambios de presión, además de crear las condiciones idóneas para provocar por ejemplo, ataques al corazón o abortos.

La amnistía para todos

Una vez terminada la Guerra, el mismísimo General Douglas Mac Arthur concedió el olvido legal de todos sus delitos, extinguiendo su responsabilidad a él y todo su equipo a cambio de que compartiesen sus hallazgos con el ejército estadounidense. Al parecer, muy poco o nada importó que esos descubrimientos se llevasen a cabo con el dolor y el sufrimiento atroz de miles de seres humanos y personas de su misma patria, llevados a la muerte por medio de las torturas más horrendas.

Los estadounidenses no esperaron demasiado tiempo para poner en práctica los resultados de los terribles experimentos en el proceso de la Guerra de Corea, en donde empezaron a producirse brotes de epidemias de las más diferentes enfermedades, que siempre se originaban después del vuelo a ras de superficie de algún avión que parecía rociar por la zona una especie de líquido desconocido.

En Norteamérica

En los años sesenta, los experimentos siguieron en los propios Estados Unidos. Para estudiar los comportamientos de los agentes que originaban y desarrollaban las enfermedades, se esparcieron bacterias en el sistema de ventilación del metro de Nueva York e incluso en el todopoderoso Pentágono. En San Francisco, llegó a haber víctimas mortales debido a estos procedimientos.

Lo anecdótico y más que causal de todo este tema es que nada se hubiese sabido a no ser, como siempre, por un accidente que sucedió de forma inopinada. En el año 1989, una máquina excavadora que participaba poniendo los cimientos en un edificio de gran altura, empezó levantar una enorme cantidad de huesos humanos. Una vez investigado el origen de los mismos, se descubrió la terrible historia de Shiro Ishii y su repugnante negocio con los norteamericanos.

Este testimonio fue relatado por el escritor y periodista Santiago Camacho en el programa Milenio 3 de la Cadena Ser, en su sección ‘Conspiraciones de la historia’, del día seis de enero de 2003.


@mamiroca

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