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Hechizos de amor




En Toledo, una mujer desesperada que intenta recuperar el amor de su marido.


En el asentamiento judío tras la Reconquista, en Talavera de la Reina, se encuentra un barrio muy extenso llamado ‘Puerta de cuartos’.

Recibe este nombre porque en la entrada del viejo camino dirección Portugal y Ávila, en una de las puertas de la muralla se colgaron las cabezas de cuatrocientos nobles de Talavera de la Reina que se sublevaron contra el Rey en la Edad Media.

En este barrio, en donde en la antigüedad hubo un templo en honor al dios Mercurio, se erigió la Iglesia de San Andrés. A pocos metros de allí y hace quinientos años vivió una mujer de nombre Elvira.

Elvira ya tenía unos cuantos años y nunca había estado casada. Sus días transcurrían entre unos campos donde recolectaba hierbas de diferentes clases y la casa que tenía en la Calle del Tinte, adonde muchas mujeres iban a buscar medicinas para sus aflicciones.

La petición de la dama

Un día como cualquier otro, se dirigió hacia su casa una mujer de la nobleza llamada Lucrecia. Esta mujer de alta cuna, estaba casada con Bernardino de la Rúa, que la engañaba con otra mujer de baja reputación. Lucrecia quería conseguir que su marido volviese a sus brazos, volver a recuperar su amor y que dejase a la susodicha con la que fornicaba.

La bruja Elvira tenía la solución, pero requería un sacrificio a la altura. Lucrecia debía conseguir los ingredientes básicos, sangre de su propia menstruación, un cabello de la amante del marido, semen de él y un gallo que jamás hubiese copulado con ninguna gallina.

Hábil y sigilosamente, Lucrecia fue juntando los ingredientes solicitados. La sangre no era problema, apartó un pollito de sus hermanos para que creciese en soledad, del chaquetón de su esposo pudo recoger los cabellos que necesitaba y a pesar del espanto que le causaba, masturbó a su marido en la noche con su boca y guardó el preciado líquido en un pequeño aceitero de barro.

El encuentro con la bruja

Seis meses más tarde estaba todo listo, la hechicera mezcló todos los elementos en una olla de metal con vino de Montearagón, aceites y un ungüento mezcla de su propia orina y grasa de cerdo. Luego de horas y horas de cocción, con un olor pestilente, ordenó a la mujer que se desnudase y degolló al pobre animal, untando por completo el cuerpo de la noble dama con su sangre. Más tarde le dio a beber la horripilante pócima y le exigió que a las cuatro de la mañana, mientras todo el mundo dormía, diese dos vueltas a la Iglesia de San Andrés, rodeando su huella con la sangre del gallo.

Obediente, Lucrecia hizo todo lo que le ordenó la vieja, pero meses después su marido seguía con su amante y además asistía a todos los burdeles que había en la ciudad.

El castigo final

Lucrecia enfermó gravemente de los pulmones y el corazón. Una noche tras una terrible pesadilla corrió hacia la casa de la hechicera y la inquirió por no haber dado solución a su mal. La bruja le prometió esta vez, un resultado que la favoreciese, pero Lucrecia en un rapto de locura, le clavó un punzón en el corazón. Días más tarde, unos caballeros de la Santa Hermandad, encontraron a Lucrecia con un aspecto desaliñado y completamente fuera de sus cabales. Les dijo que el mismísimo diablo había estado copulando con ella noche tras noche y que a pesar de sus rezos no había sido oída.

Después de que el párroco le practicó un exorcismo, la mujer se mantuvo silente hasta el día que falleció, varios años más tarde, habiendo sido recluida en un convento de monjas para pagar el pecado de haber practicado la brujería.

Se cuenta que en algunas noches se puede ver correr un gallo alrededor de la Iglesia de San Andrés y si antes de una semana el que lo ve no se arrepiente de sus pecados, también puede enfermar del estómago y del corazón.

Según Katia Rocha Muñoz, del programa Milenio 3 del día 23 de diciembre de 2002, esta leyenda se aplica a todos los que se entregan a los rituales o hechizos de amor por medio de la brujería.

@mamiroca