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Mauritania, cuna de mil misterios



En el sur del desierto de Sáhara, en la parte atlántica de África, Mauritania es tierra de dunas y oasis y también territorio de nómadas.

En una superficie de un millón de kilómetros cuadrados, el doble del territorio español, pero con tan sólo dos millones de habitantes, la mayor parte son desiertos que inspiran sencillez y libertad, donde uno puede perderse en un horizonte sin límite.

Sin embargo, no es un desierto despoblado gracias a que sus habitantes han sabido sacar provecho a ese áspero terreno para salir adelante y los campesinos han transformado ese árido espacio en algo vivo, donde sus tres tesoros, los dátiles, la leche de camella y las conversaciones bajo la jaima son su seña de identidad.

La arena del Sáhara dibuja el paisaje hasta moldearlo, haciendo de él un país caluroso y desértico. Sus habitantes, la mayor parte herederos de la cultura bereber apenas viven en las orillas del río Senegal cultivando el arroz y cuidando el ganado. Devotos del Islam, los mauritanos muestran su mejor arte en sus calles, defienden y proclaman sus costumbres y modos de vida e invitan a todos a impregnarse de sus vivencias.

El límite entre dos mundos

En Mauritania se conservan tradiciones desde el inicio de los tiempos, y es un crisol de razas de amplia tolerancia, pese a que sus estratos sociales están muy  marcados.

Un país en el medio del Magreb y el África negra, que regala kilómetros de playas desiertas, noches con miles de estrellas junto a las hogueras y paisajes despojados, además de otros secretos que esperan a los viajeros más intrépidos.

Adentrarse por ejemplo en ciudades como Ouadane, Chinguetti o Oualata, todas ellas con una arquitectura propia y con bibliotecas que poseen manuscritos del Medioevo o escuelas que enseñan el Corán con el nombre de medersas.

Una maravilla del Islam

Chinguetti es considerada la séptima ciudad sagrada del Islam y está constantemente barrida por dunas que pasan por encima de ella, amenazando con hundirla bajo tierra por toda la eternidad. Entre mares de dunas y montañas, cercadas por palmerales verdes y pequeñas huertas vale la pena al menos una visita, a pesar de la dificultad para llegar hasta allí.

Ouadane, es el lugar donde cada año los pastores se desplazan para alimentar a sus camellos luego de las lluvias veraniegas. Un itinerario que se realiza desde tiempos bíblicos y donde el viajero es recibido con la mayor hospitalidad porque les alegra compartir con él el té, la leche de camella y los dátiles.

Sitios donde se duerme al aire libre, junto al fuego y se puede admirar tanto el ocaso como el amanecer sin que el tiempo avance demasiado.

Ouadane también llama la atención por ser el último lugar de partida para las caravanas de camellos de los tuaregs que aún continúan realizando el complicado viaje a las montañas Atlas de Marruecos y Argelia, atravesando el desierto.

Cerca de allí un magnífico cráter de treinta y ocho kilómetros de diámetro, con una pared plateada y muy escabrosa en medio de la arena que según las últimas teorías fue provocado por un meteorito.

Los delfines y los pescadores

Mauritania aún tiene más recovecos para sorprender como los impresionantes cañones de Adrar, que poseen grabados primitivos de la prehistoria o el Parque Nacional de Arguin donde viven los míticos pescadores que logran capturar a sus presas mediante un rito heredado de sus ancestros y ayudados por los delfines, además de ser un enorme refugio de aves migratorias en sus viajes de cada año.

Imperdible tomarse un baño en sus maravillosas pozas de Terjit a unos cuarenta kilómetros de Atar, un oasis perdido en las montañas digno de las mil y una noches.

Mauritania ofrece la oportunidad de perderse en otro mundo, de comer con los dedos, de embriagarse con sus aguas, de escuchar canciones de una hora y media o de fabricarse un talismán, en un paisaje donde la aventura lleva al viajero de la mano por parajes insospechados.

Este sorprendente lugar fue descrito por Carlos Cala Barroso en el programa Milenio 3, de la Cadena Ser.

@mamiroca