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La cruz invertida


En Sevilla, hace ya algún tiempo, un vidente predijo que el demonio cubriría la ciudad de agua.

Muchos hicieron caso, pero también hubo quien desoyó la advertencia, aunque por prevención el acuerdo general fue la construcción de un faro para que los barcos no tuviesen accidentes y defender así la hermosa ciudad de Sevilla.

Al poco tiempo de terminarse, una familia comenzó a vivir allí, encargándose de tenerlo siempre a punto. El conjunto familiar estaba formada por el matrimonio y sus tres hijos, que luego de no mucho, ya eran el hazmerreír de los sevillanos, porque el tan mentado agua nunca llegaba.

Un grito en la oscuridad

Una noche como cualquier otra, los padres se despertaron acongojados por un alarido que provenía de la habitación de uno de sus hijos. Atravesaron el pasillo a toda prisa y cuando llegaron al dormitorio vieron a sus niños durmiendo, excepto a  su hija mayor. La buscaron incansablemente sin encontrarla, hasta que al asomarse por la ventana contemplaron su cadáver, porque ésta se había arrojado al vacío.

En su frente tenía una cruz invertida, de la que emanaba sangre a pesar de que la niña ya había fallecido.

Dos o tres años después del fatal accidente, al que todos tildaron de suicidio, nuevamente se oyeron gritos desde la habitación de los pequeños. Al entrar, en un macabro escenario, se encontraron con su hija pequeña diseminada en trozos por toda la estancia y su pequeño cuerpo, volvía a formar la cruz invertida.

Un contrato de por vida

Después de todos esto sucesos y de que la policía en sus investigaciones no pudiese encontrar un culpable, ni al menos un sospechoso, intentaron abandonar la casa e irse muy lejos de allí. Pero el trato hecho por el farero con la ciudad estipulaba que su estancia en el faro debía de ser de por vida, con lo que se vio imposibilitado para marcharse de allí, a pesar del terrible dolor que los embargaba por la muerte de dos de sus pequeños.

Cuando aparentemente todo volvía a tener una apariencia de normalidad, en la Noche de San Juan, otra vez un grito angustioso lo sobresaltó en la cama, pero esta vez, el grito provenía desde el exterior. Cuando el padre se asomó a la ventana, en la punta de la lanza del faro, yacía atravesada su esposa y la sombra que proyectaba en el suelo el cuerpo era, otra vez, la cruz invertida.  

La maldición del faro

Una vez más, se achacó la muerte de la madre a un suicidio por el insoportable dolor por la pérdida de sus hijos y por tener que permanecer en ese sitio que tanto dolor había traído a esa familia, pero nadie podía estar seguro de ello y en la ciudad ya se hablaba de la ‘maldición del faro.’

Sólo quedaban el padre y su hijo, que más allá de todo lo acontecido, seguían considerando el faro como su hogar. Cuando Ricardo cumplió diecisiete años entró en coma y su padre no se apartaba de su lado ni siquiera para poder alimentarse.

El cuadro

Una noche cuando el farero pasó por su casa para recoger un poco de ropa y dormitar un rato, escuchó unas extrañas voces y risas en el salón. Al acercarse al cuadro que el mismísimo Alcalde de Sevilla había mandado pintar como obsequio para él y su familia, pudo observar que toda su familia conversaba animadamente, excepto él, que permanecía inmóvil mientras su dos hijas fallecidas y su mujer recibían al hijo varón. El cuadro estaba firmado por una cruz invertida, lo que le hizo saber fatídicamente, que su hijo había muerto. Cuando presa del dolor y del desgarro, llamó apresurado al hospital, efectivamente se lo confirmaron.

Angustiado por una aflicción extrema, el hombre subió a lo más alto del faro y desde allí se arrojó al vacío, con la esperanza de reencontrarse con los suyos. 
En el salto pudo ver cómo las palmas de sus manos estaban heridas por el dibujo de una cruz invertida, que él no tenía memoria de haberse hecho.

Esta inquietante leyenda fue recogida por Katya Rocha para el programa Milenio 3 de la Cadena Ser del día 13 de enero de 2003.

Foto: benditoseas.50webs.com

@mamiroca


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