miércoles

Las siete iglesias


Una historia como tantas, perdida en el tiempo, de una muerte triste y el olvido de un padre.


Un taxista finalizaba su jornada después de un duro día de trabajo. La calle estaba desierta a esas altas horas, pero al pasar por el cementerio, una muchacha joven intentaba tomar su taxi.

La última carrera

En un primer momento ya cansado y fatigado siguió de largo, pensando que era muy tarde para hacer otro recorrido. Su mujer lo estaba esperando con la cena caliente y sus reflejos estaban un tanto mermados por conducir todo el día.
Pero pensándolo mejor, puso marcha atrás y retrocedió, imaginando que la chica no encontraría otro taxi a esas horas y que podría sentirse asustada e indefensa.

Era una muchacha de unos dieciocho o diecinueve años, de rostro puro y angelical. Cabello muy largo, piel muy blanca, delgada, de rasgos suaves y enormes ojos azules, aunque con una tristeza inconmensurable. Su vestido era de vaporoso encaje blanco y de su cuello pendía un hermoso relicario de oro, antiguo.

El taxista quiso saber adónde llevarla, y su cometido era visitar siete iglesias, las que él prefiriese. Su voz era dulce y melancólica, aunque tenía cierto aire de extrañeza que provocó en el hombre una sensación poco habitual, casi de miedo.

El misterioso itinerario

Así lo hizo el conductor sin decir ni una sola palabra. En cada una de ellas, estuvo cerca de tres minutos y de cada una salió con una expresión de paz, de sosiego, pero a sus ojos no los abandonó nunca aquella abrumadora tristeza.

Una vez concluido el paseo, ella le pidió un último favor. Dijo llamarse Alicia y aseguró que no tenía dinero para pagarle pero sí le daría su valioso relicario, a cambio de una última petición.

En la Colonia Jazmines 245 vivía su padre. Cuando el taxista le entregase el relicario, él le pagaría su servicio, además quería que le dijese que lo quería mucho y que no se olvidase nunca de ella, dejándola en el mismo sitio donde la había encontrado.

Una mala noche

Una vez que se alejó del cementerio, se sintió muy mal, mareado, en estado de shock. Comenzó a tener mucha fiebre, y fue atendido por su esposa, durante tres días. Cuando la enfermedad y la fiebre fueron remitiendo, rememoró la última noche en el taxi y recordó a la niña de las iglesias. Comenzó a preguntarse si tendría problemas con sus padres, pero ¿por qué la había encontrado en el cementerio? En ese momento pensó en el relicario, que lo estaba esperando en su mesa de luz, prueba de que no había sido una pesadilla, aunque ahora tenía restos de tierra.

Se levantó de la cama y fue precisamente a donde le había indicado Alicia, pero no pensando en cobrar su servicio, sino más bien en saber qué fue lo que realmente sucedió aquella extraña noche con su singular pasajera.

El encuentro con el padre

Llegó a una casa antigua, de estilo colonial. Un hombre le abrió la puerta; parecía extranjero, alto y de una cierta edad. El taxista le explicó el cometido de su visita. Cuando el dueño de casa vio la joya, rompió a llorar como un niño. Le invitó a pasar y le mostró un retrato de Alicia. Era la misma imagen de la chica que él había subido en su taxi hacía tres noches. El padre le explicó que exactamente ese día se cumplían siete años de su muerte en un accidente de coche y ese relicario fue enterrado con ella.
Entre sollozos angustiantes, el padre se reprochaba el no haber hecho una misa por su alma, de haber hecho de su olvido, una ley.

El taxista le contó además el mensaje de Alicia para su padre, que le amaba inconmensurablemente y que no se volviese a olvidar de ella, porque ese pensamiento tal vez fue lo que más profundamente caló en el alma de la niña.

Según cuentan, el padre de Alicia recompensó al hombre con una flotilla de taxis para que montase su propio negocio, en un intento de agradecimiento por lo que había hecho con su hija, llevándola en ese recorrido de las siete iglesias, en el aniversario de su muerte.

Esta historia fue contada en el programa de radio Milenio 3 de la Cadena Ser del día 10 de febrero de 2003 por Katia Rocha.


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