jueves

Fuerteventura



Mucho antes de que los europeos llegasen a la isla canaria de Fuerteventura, vivían en aquel lugar una madre y una hija, y entre sus muchos poderes, el más especial de los que poseían era el de hablar con el diablo.


El mismísimo Satanás estaba rendido a los pies de ambas, hasta tal punto que les contaba por adelantado las iniquidades que tenía intención de enviar a los humanos.

Pero el demonio, como todo hombre celoso, sabiendo que no era correspondido, les hizo la promesa de seguir obsequiándolas con sus dones, a cambio de una cruel condena: haría que todos las acusaran de sus calamidades terminando por separarlas para siempre.

El nombre de la madre era Tibiabin y la hija Tamonante. La madre era capaz de apaciguar las rencillas y desavenencias de los jefes de la isla. Sus premoniciones siempre habían sido exactas. La hija era la que llevaba a cabo las ceremonias y se ocupaba de que los jefes cumpliesen los juramentos y promesas que hacían a los pobladores. Ambas se encontraban entre las personalidades predilectas de los líderes.

La isla estaba dividida por una pared de piedra de un lado a otro, separando los dos reinos. Guise era el rey de Maxorata, y Ayose el de Jandía. Sus peleas constantes acabaron irguiendo un muro y solo así fue posible la paz y la armonía. 
Pero ambos quisieron saber qué les deparaba el destino a sus reinos. Tibiabin derramó varios cuencos de leche sobre la tierra, llamando a los hados del futuro. Tamonante realizó el sacrificio de una cabrita y le dio las tripas a su madre. En la sangre recién derramada, ella leyó: ‘- Llegarán gentes poderosas por el mar, no temáis ni los tratéis con violencia, recibidles con alegría y entregaros a sus designios, pues solo beneficios traerán a nuestra tierra.’ A ninguno de los dos reyes gustó demasiado lo que acababan de decir las hechiceras, pero callaron.

Tiempo después el arribo de la expedición de Juan de Bethencourt, acabó con la paz tan duramente conquistada en la isla. Los europeos no tardaron en mostrar sus cartas, una sed insaciable de riqueza y esclavos para su venta. Pero las sacerdotisas seguían insistiendo en los buenos propósitos de los extranjeros y auguraban grandes tragedias si no se rendían a sus órdenes e imposiciones.

Mucha sangre inocente se vertió antes de que finalmente los isleños decidieran rendirse a los conquistadores. Juan de Bethencourt dejó todo en manos de su sobrino, el terrible y despiadado Maciot, quien expolió sin miramientos los tesoros de la bella isla y trató con repugnante desprecio a los isleños. Finalmente el miedo, la desconfianza y el malestar se adueñaron de todo y de todos.

Lógicamente, las mujeres se sentían culpables sabiendo el desdén y el odio de sus hermanos, pero llevaban una imprecación oculta, de la cual no podían escapar.

Una noche, seguros de que la bruja era la mujer del maligno, y la causante de todas sus desgracias, sumidos en la angustia, la desesperación y las ansias de revancha, la secuestraron y la arrojaron muy lejos desde un barco hasta que murió ahogada.

Su hija, inmóvil en la orilla y presa de una inconmensurable tristeza, en la angustia de quedarse sola, se paró en el barranco del Janubio y sin saber por qué se precipitó al fondo. En la caída, vendió su alma al diablo con una condición: poder permanecer con su madre por toda la Eternidad.

Desde ese día, un viento inhóspito azota a Fuerteventura y hace que el mar golpee con ira y rabia, aunque es tan solo un bello murmullo del lamento de una muchacha a la que sin verter una sola lágrima su madre consuela, desde lo más profundo del mar.

Katia Rocha contó esta maravillosa historia, en el programa Milenio 3 de la Cadena Ser.

Imagen: Pinterest/ Wojtek Toman en Flickr.



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