miércoles

Niccolò Paganini


Paganini, el mayor dotado violinista de todos los tiempos, siempre llevó consigo el peso de una calumnia de tal calibre que ponía en duda todo su virtuosismo. Se decía que había hecho un pacto con el diablo.


Fue un maestro incomparable del violín desde muy pequeño, pero siempre estuvo bajo la sospecha de que todo su talento era producto de un pacto con Satanás. Entre la ficción y lo tangible, hay quien dijo ver al mismísimo Belcebú acompañarlo a alguna de sus actuaciones.

Nació en 1782 y con sólo siete años este niño nacido en Génova ya era un verdadero prodigio del violín. Su madre le relataba una y otra vez, un sueño suyo que la había dejado anonadada. Un ángel esplendoroso le afirmó que su hijo sería un violinista de enorme fama y renombre, y cuya música traspasaría con mucho los límites de su amada Italia. Y no falló.

Con apenas veinte años Paganini sorprendió a medio mundo con sus inusuales conciertos en los que tan solo utilizaba dos cuerdas de su violín y en más de una ocasión ejecutaba piezas muy complicadas con una sola cuerda, quitando primero las otras tres. Todas estas “proezas musicales” hicieron de este brillante muchacho también un showman.

Cuando estaba en la cumbre de su éxito, comenzó a circundar el ignominioso rumor sobre el inconmensurable don de Paganini.
Se dijo que la cuerda de su violín había sido hecha con el vientre de una dama a la que él mismo había matado.
En otra oportunidad fue confundido con un ex recluso, maquinando que los ocho años que éste había estado preso le habían servido para perfeccionar su arte, hasta lo imposible.

Hasta hubo críticos de su tiempo que decían ver al demonio sujetando el brazo del músico y llevando el arco de su violín en algún que otro concierto… sobre todo en la obra “Las brujas”, y los que lo habían visto aseguraban que su apariencia era muy similar a la de Paganini, excepto por los cuernos de la frente y el rabo entre las piernas.

Los últimos años de su vida, el músico tuvo poco y nada de amistad con la Iglesia y a pesar de una terrible enfermedad no quiso recibir la extremaunción, lo que hizo que lo tildasen de “renegado.” Cuando murió, en el año 1840 el obispo se negó a darle cristiana sepultura por sus supuestos tratos con el maligno. Hasta cinco años más tarde, cuando todo estuvo más calmado y se aclaró el malentendido, el cuerpo reposó en una caja de madera, en un almacén.

Pero poco después de su muerte, se comenzó a reconocer el incontestable talento de este músico y su don innato, sin mezcla alguna con ningún pacto demoníaco, como aseguró el pianista y compositor húngaro Franz Liszt, asegurando que se intentaba explicar el maravilloso bien sobrenatural de un genio, con una explicación más inverosímil aún.

Esta es otra de las historias que descubre Nacho Ares, para el programa Milenio 3 de la Cadena Ser.



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