lunes

Palomares


En una calle de un reducido pueblo de Almería, de gentes honestas que ponen sus ojos en el futuro, sucedió un desastre nuclear que pudo ser el más grande desde la Segunda Guerra Mundial.

La calle 17 de enero que acaba en la playa, es la que recuerda a todos los lugareños que ese día, parecía haber llegado el fin del mundo. Concretamente el 17 de enero de 1966.

Desde nueve mil metros de altura, un paracaidista descendió tratando de comunicarse con la base. Alrededor suyo, cuerpos de sus compañeros en pedazos surgieron luego de la explosión y cuatro bombas de hidrógeno cayeron en un desierto español. Desde aquel momento, con todo lo que sucedió en los pueblos de Palomares y Villaricos, pueden escribirse varias novelas de conspiración.

Parte del armamento cayó al mar y otra parte del plutonio se diseminó por el terreno, los animales, los sembradíos y los hogares.
Los detalles se silenciaron a la opinión pública y el mutismo volvió a imperar como en tantos casos. Después de más de cuarenta años, siguen siendo pocos los que dan la cara.

Milenio 3 investiga

A las 10:18 minutos de la mañana un avión nodriza, trató de repostar en vuelo la cantidad de ciento diez mil litros de combustible a un B -52, que tenía una misión reservada, ir a la frontera turco-soviética. En aquel tiempo no existía una guerra abierta, pero sí era la etapa de la Guerra Fría.

Muchos vecinos afirmaron ver una luz enorme, una gran explosión. Cayeron al suelo trozos de cadáveres de militares. Hubo siete fallecidos, tres que en realidad desaparecieron. El capitán Ivan Buchanan cayó en la playa asido a su paracaídas y algunos de los lugareños junto con los pescadores acudieron en su auxilio. Ivan Buchanan tan solo llegó a decir algunas pocas palabras: ‘-Todos muertos, todos vamos a morir.’

Poco tiempo antes, esos soldados habían dado una señal que no había sido pronunciada desde HiroshimaBroken arrow o flecha rota, que quiere decir peligro nuclear inminente. Las bombas que transportaba el B-52 tenían una potencia cien veces superior a las que explotaron en Hiroshima, y cayeron en Palomares y Villaricos. Tres en tierra y una en el mar.

Los nombres de la tragedia

Comandante Gemil J. Chapla, sargento mayor Lloyd G. Potolicchio, teniente Steven G. Montanus y teniente George J. Glessner, fueron los fallecidos.
Los desaparecidos: Sargento técnico Ronald P. Snyder, capitán Paul R. Lane y capitán Leo M. Simmons.
Los supervivientes: Capitán Charles F. Wendorf, teniente Michael J. Rooney, comandante Larry G. Messinger y capitán Ivan Buchanan. 

Esta es la lista oficial que se dio en aquel momento, pero paralelamente se hilaba otra historia que distaba mucho de la oficial.
La gente del pueblo se acercó a esos aparatos extraños que nunca habían visto en su vida, en una de las zonas más ignoradas de Almería. Los niños se acercaron con curiosidad a la llamada “Bomba 2”, propinándole patadas y cogiendo el plasma de color verde que contenía dentro, una sustancia llamada “Sustrato de Plutonio 239.”

Iker Jiménez en su programa de radio en el año 2003, intentó hablar con la Alcaldía que trató de desligarse de este sambenito, ya que al parecer ya no hay señales de radioactividad, aunque sí le comentaron cómo vivieron esos primeros momentos de ignorancia porque, aunque Estados Unidos ya estaba informado, nadie se apersonó en el sitio durante tres días

Esas bombas diseminadas por la tierra y el mar derramaron plutonio, se mantuvieron expuestas y fueron manipuladas e incluso partidas en trozos como pequeños souvenirs  por los vecinos de Palomares.

El Alcalde afirmó en el programa que las autoridades encargadas en ese momento del seguimiento del accidente, tampoco estaban preparados para encauzar ágilmente una catástrofe de tamañas dimensiones, ni explicar lo que estaba sucediendo. Además los periódicos contaron una historia y la realidad, a sus espectadores de primera mano, les mostró otra.

Sólo el tiempo fue dando la dimensión real de lo que sucedió. Palomares en aquellos años era un territorio agrícola por excelencia y solo se pensó en el accidente de dos aviones, sin medir ni imaginar lo que podría desencadenar aquel cargamento explosivo.

La llegada de los estadounidenses

Cuando arribaron los norteamericanos, emplazaron un campamento mayor que el mismo pueblo, similares a extraterrestres. De impoluto color blanco, guantes y máscaras protectoras, quemaron cosechas, sacrificaron animales y limpiaron casas. Por su actuación, algo muy peligroso debía de haber allí, pero los habitantes de Palomares durante setenta y dos largas horas, habían estado conviviendo con aquello, sin saberlo.
Ochenta y un días se tardó en recuperar la cuarta bomba.

El gobierno español, negó toda evidencia. Con declaraciones de Fraga Iribarne a la cabeza en el diario Arriba de febrero de ese mismo año afirmó: ‘-¿Qué radioactividad? ¿De qué me está hablando?’, en tanto que ya se sabía que había un nivel elevado, unos 60.000 microbequerelios de radioactividad, es decir, doscientas veces más de lo permitido.

Esas cifras se dan aún hoy donde cayó la segunda bomba, aunque no hay ningún mapa que especifique el sitio exacto. La información sólo se ha vertido gota a gota a través del tiempo. En informes posteriores como el del teniente Laurence, quien dirigió todo el proceso posterior al accidente, afirmó que los soldados norteamericanos habían sido utilizados como conejos de indias, pero pareció olvidar que junto a ellos, había campesinos, pescadores y gente del pueblo que nada tenían que ver con el mundo militar y sus vericuetos.

Tal vez otra oportunidad más desperdiciada, de hacer las cosas de diferente forma. 



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