miércoles

El misterio de Isla


El 1 de noviembre de 1977, las campanas permanecieron en silencio en un pequeño pueblo de la costa llamado Isla. Don Pedro Higuera Pérez, el sacristán, con sus setenta y siete años a las espaldas, había sido poseído por el pánico más absoluto y aterrador.


En Cantabria hacía ya un tiempo que los periódicos se hacían eco sin cesar de unas misteriosas apariciones en varias poblaciones aledañas.
Los primeros sorprendidos, dos operarios de Escalante, que repentinamente se toparon con un enorme y oscuro ser, saliendo de la comarca.
Más tarde, un labrador de Siete Villas encandiló con las luces de su coche a otro personaje de similares características, que estaba detenido en medio de la ruta.

Pero nuestro sacristán, habituado a la vida y a las sombras de la pequeña iglesia, tal vez también imbuido por sus creencias, no tenía temores infundados.
Todos los días, sobre las seis de la mañana, subía al campanario para hacer sonar las campanas, pero aquel día, una visita inesperada lo aguardaba en lo más alto.
En esa mañana todo fue distinto, hubo algo que le hizo sentirse inquieto. Fue subiendo los peldaños de a uno por la antigua escalera de caracol, sabiendo que algo oscuro estaba allí arriba.

Con la resplandeciente luna entrando por una ventana, rápidamente se dio cuenta de que estaba acompañado. En un pequeñísimo espacio dentro del edificio santo, advirtió que había “alguien más", y que además se aproximaba a él.
Instantáneamente, giró con su linterna, como si de una extensión de sus ojos y de sus manos se tratase y allí estaba. Detrás de él, una imagen terrorífica de aspecto humano que no tenía pies, delgada, flotando en horizontal, suspendida en el aire.
Treinta larguísimos segundos permitieron a Don Pedro observar y examinar aquella cabeza redondeada, sin ojos ni boca. Los brazos de una largura que casi llegaban al suelo, pero en los que no era posible ver las manos. Cubierto con una especie de traje talar de un color naranja que desprendía un raro resplandor.

La linterna resbaló de sus manos, y el espantado sacristán descendió las escaleras como pudo y la oscuridad volvió  a ser lo normal, a medida que ese ser se hacía uno con lo que lo circundaba. Incluso parecía querer acercarse.
El silencio lo llenaba todo, excepto por los pedidos de auxilio de Pedro Higuera, gritos que sonaban desordenados a medida que caía por la vieja escalera, en la que casi pierde la vida. El tremendo golpe fue lo que hizo que varios vecinos fuesen a socorrerle, despertándose intempestivamente.

Repitiéndolo una y otra vez, como si de un mantra se tratase, afirmó que allí arriba había alguien. Una persona querida y respetada por los vecinos, que jamás volvió al campanario. Por única vez en la población de Isla, no se oyó el tañer de las campanas.

Esta historia es real, plasmada en los diarios y contada magistralmente por Iker Jiménez en su programa Milenio 3 de la Cadena Ser del siete de abril de 2003.



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