miércoles

La naturaleza de un fantasma


La eterna y definitiva pregunta que todos nos hacemos: ‘- ¿Puede alguien volver de la muerte?’ Y tal vez es así porque nos la estamos haciendo también, aunque no lo confesemos, para saber si nosotros mismos lo haremos algún día.



Egipcios, aztecas y antiguas culturas orientales en sus tumbas ya dibujaban y hablaban de seres inmateriales. Pero Iker Jiménez en su programa no quiso tratarlo desde el cliché de la casa abandonada y derruida, en la que crujen los escalones de madera antigua, sino más bien desde el miedo psicosocial en dos pueblos de España y en los años 80 y 90. 

Aunque dejó otros casos en la faltriquera, como Penamoa en A Coruña, donde los lugareños tiraron contra un fantasma o Escalante donde la Guardia Civil tuvo que certificar la presencia de un peatón de enormes dimensiones, incorpóreo, como sucesos que apenas se leen unos días en los diarios de la localidad.

Saucedilla y La Cañada

En Cáceres y Ávila hubo dos casos que llamaron poderosamente la atención del equipo de Milenio 3. Dos historias de pánico sin un atisbo de ficción.

Los psiquiatras se han cuestionado qué pudo pasar en estos dos sucesos. Alucinaciones, sugestión, visiones, todo para intentar explicar cómo personas de diferentes edades y condiciones pueden llegar a ver a un mismo sujeto. Un sujeto que no encaja en ese espacio y en ese tiempo.

Gonzalo Pérez Sarró, colaborador de Radio Navalmoral y Francisco Contreras Gil, autor del libro Casas encantadas, estuvieron en el programa para aportar sus investigaciones sobre estos casos.

Donde nunca pasa nada

En esos lugares tranquilos donde parece que el tiempo está detenido, en un pueblo pequeño cercano a una central nuclear, donde hubo especulaciones de que esta construcción hubiese podido haber influido, en Saucedilla en octubre de 1984 sucedió un hecho difícil de explicar cuanto menos.
Cuando Gonzalo Pérez acudió al pueblo se encontró con las personas realmente asustadas y absoluto secretismo, sin dejar de darle total veracidad.

Varios habitantes habían visto una silueta horrorosa que flotaba en el aire pero no en una casa abandonada, sino a las afueras. Una adolescente, Mari Carmen Ramos de apenas catorce años, fue la primera que lo vio. Un ruido seco y súbito la puso en alerta. En una avenida, con varios terrenos vacíos, algunas fábricas y bajo las luces de la calle una imagen que parecía una mujer.  

Una fémina de porte imponente que flotaba en el aire, que iba iluminándose con las luces de la acera. Un ser espeluznante que atemorizó profundamente a esta niña y que luego amedrentó a otras personas que tenían que creer sin quererlo, pero que de seguro pasaron un mal rato.

Todos coincidían en afirmar que tenía unos tres metros de estatura, un ropaje talar de color negro que parecía deslizarse por la avenida. Alguien que tuvo la oportunidad de verlo más de cerca afirmó que tenía la barbilla en punta y un detalle que le llamó poderosamente la atención: una cicatriz en su rostro.

Paralelismos entre varios casos

Si uno acude a los expedientes policiales o de la Guardia Civil en los que quedan reflejados estos casos puede comprobar que hay similitudes cuanto menos inquietantes.

En julio de 1976, ocho años antes del suceso de Saucedilla, dos operarios de la fábrica de magnetos FEMSA, en Escalante, Santander, de nombre Miguel Ángel y Margarita a las cinco de la mañana vieron un ser similar a un astronauta que caminaba muy despacio hacia la calle del pueblo. Descreídos y aterrados se quedaron aferrados a una maleta, relatando una y otra vez lo que habían visto para los distintos informes policiales. También este individuo tenía un mentón prominente, y un rostro poco amable.

Maricarmen Ramos en Saucedilla

Este es el testimonio para la Cadena Ser, de la primera persona que vio al ente en Cáceres: ‘- Es una esquina que no tiene salida, yo lo vi que venía hacia mí. Lo vi y me extrañó mucho y me asomé a la esquina y ya no estaba. Era negra, negra y estaba todo oscuro. Yo me fui por allí sola, estaba mi hermano que era más pequeño y otro. Ellos se creían que iba a meterles miedo y me llamaban pero yo no les hacía caso y cuando miré para una esquina que está sola y oscura lo vi otra vez. Una cara redonda, redonda y blanca.’  

Maricarmen comenzó a ver la figura a unos trescientos metros y pudo comprobar cómo se iba acercando. Cuando estuvo casi a la misma altura, se cambió de acera, siempre a la misma velocidad, lentamente y como si por efecto de un ventilador se movieran sus vestiduras. Cuando apenas estaba a unos cuatro metros de ella se aterrorizó, pensó que el ser iba a atacarla, pero en cambio de eso, dio un giro y desapareció, en una calle sin salida. Tal vez una mezcla de valentía e ingenuidad fue lo que hizo que la pequeña no tuviese miedo a lo desconocido, a lo intangible, a lo inexplicable.

Luego de pasar por estas experiencias, las personas no vuelven a ser las mismas. Hay un antes y un después.

Sin tener ninguna relación con esta criatura, otra chica tres horas más tarde, salió a dejar la basura en una esquina cerca de su casa y se encontró con el mismo ser, que esta vez estaba dentro de su casa. Misma cara, mismo traje, facciones similares que la estaba mirando.

En este caso su nombre es María del Mar Mariscal la que nos cuenta su historia: ‘- En una esquina se me apareció y cuando volví a mirar otra vez ya no estaba. Alto, con un vestido bastante largo hasta los pies. Cuando quise mirar otra vez ya había desaparecido.’
En una localidad próxima a Saucedilla, un año antes, en Vegas de Coria, también en Cáceres todo un pueblo salió con las escopetas en la mano porque más de veintiséis personas entre los cuales había agentes del orden se toparon con algo similar.

Otra vecina también nos transmite incluso en su voz, el miedo profundo que les provocó aquella figura de Saucedilla: ‘- Por la noche una sombra muy alta pero invisible, que nadie podía afirmar bien lo que era, mucho menos si intentaban acercarse a él que desaparecía. Algunos habían ido detrás de él pero nadie pudo saber quién era porque era inalcanzable, desaparecía. Nadie lo sabemos en concreto.’

Aquel miedo tal y como vino se fue difuminando, sin que nadie pudiera dar con una explicación lógica, tal y como sucede siempre en estos casos. Incluso unos niños fueron testigos en una piscina municipal, pero luego por el miedo en sí y el miedo al ridículo, se sellaron los labios, y aquí no ha pasado nada.

El caso de La Cañada

Francisco Contreras coincidió totalmente con lo dicho por sus compañeros periodistas. Encuentros que cada uno de los testigos vive también de diferente forma dependiendo de sus creencias. Unos ven oscuros monjes, otros astronautas fulgurantes, que dejan una huella indeleble en las personas a las que visitan.

En el año 1995 ocurrió otro caso excepcional y, como en los casos anteriores, con gente totalmente normal. Pero en este caso hubo un dibujo que quedó como huella del extraño episodio. En la noche del cinco al seis de febrero, en la estación de La Cañada, Miguel Ángel Portillo que tenía veinticinco años, estaba cenando de guardia en su caseta, cuando su fiel compañera canina comenzó a ladrar desesperada. 

Suele ser habitual en estos casos primero un silencio poco usual y que los animales tengan conductas infrecuentes.
La perra ladraba con miedo, y cuando Miguel Ángel se acercó a donde estaba el animal a unos cincuenta metros, observó extrañado que la fuerte cadena que la mantenía sujeta estaba rota y los cuencos de la comida levitaban.

David Casillas del Periódico de Ávila lo entrevistó y nos contó que Portillo estaba trabajando, cuando escuchó unos ruidos muy raros en la calle y su perra ladraba aterrorizada, vio toda la comida de la perra tirada y a una mujer suspendida en el aire a medio metro del suelo, según él, y que en su mano tenía una especie de palo o madera de un metro de largo con el cual estaba haciendo unos dibujos, que en ese momento no llegó a ver.

Una mujer con una túnica brillante que le llegaba a los pies. Cuando intentó defenderse sacando su porra, tal vez por el shock, le fue físicamente imposible. En pánico absoluto, corrió cuatrocientos metros hasta el bar más cercano y le contó a Soledad, la dueña del bar la pesadilla que había vivido y le hizo una pregunta: “- ¿Quién se ha muerto en el pueblo, que se me ha aparecido?” Un hombre totalmente descreído, que cambió en un instante radicalmente su percepción. 

La dueña del bar también habló para la radio: ‘- Cuando entró el vigilante, le dije qué le pasaba porque le encontraba muy asustado, no podía hablar. Luego de una manzanilla, cuando pudo articular las palabras dijo: ¿quién se ha muerto hoy aquí?, que he sentido ladrar la perra y he visto una mujer morena muy guapa, con el pelo largo, levitando, a unos cincuenta centímetros del suelo…’

De este caso quedó una prueba tangible, un enigmático dibujo en el suelo que motivó que mucha gente fuese a tratar de dilucidar su significado. Además Sagrario Álvarez, otra vecina contó que si le creyó porque vio la estrella y el cuenco de la perra suspendido en el aire.

Cuando Miguel Ángel encontró refugio en el bar, no quería ni por asomo volver a la caseta, pero se dio cuenta de que en su carrera había perdido su cartera, con lo que el marido de Soledad y algunos vecinos fueron al lugar y se encontraron con el dibujo y los recipientes suspendidos. Dos círculos concéntricos, una estrella de David de cinco puntas y entre los espacios, tres letras S, T y N. En el interior de la estrella, tres seises. Se especuló con que en el ínterin alguien le pudiese haber querido gastar una broma, pero no era ni el momento ni el caso. Todo el mundo confiaba en Miguel Ángel. Lamentablemente, luego de aquel incidente, necesitó ayuda psicológica por el profundo impacto de la experiencia y tanto él como su fiel perra jamás quisieron volver allí.

Como decía el gran actor Federico Luppi en El espinazo del diablo: ‘- ¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez. Un instante de dolor quizá. Algo muerto que parece por momentos vivo aún. Un sentimiento, suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar… Un fantasma… eso soy yo.’