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El pequeño en la cruz


Un relato narrado por los cristianos en oposición a los judíos en el siglo XIII, en la época inicial de la cristiandad en Zaragoza. Los creyentes afirmaban que los hebreos habían crucificado a un niño.



Milenio 3 nos devuelve esta leyenda de la mano de Katia Rocha de un hecho digno de conocer, en toda su extensión.

En Zaragoza, en el año 1250 se encontraron los judíos reunidos en su aljama y resolvieron de común acuerdo que cualquiera de ellos que pusiese en sus manos un pequeño cristiano para volver a revivir con él la crucifixión de Cristo, se vería exento de impuestos y libre de tributos de los que usualmente debían en aquel momento hacer frente.

Un ser pusilánime, y falto de nobleza de espíritu, además de deseoso de conseguir riqueza, de nombre Mosse Albayucete cogió a un niño de apenas siete años llamado Dominguito, que era hijo del Notario Sancho del Val y de su mujer Isabel. Con cuerdas de las que la criatura no pudo zafarse, lo llevó rápidamente a la aljama. Dando voces, exigió lo que según él le correspondía por su acto, la liberación de sus obligaciones impositivas a cambio de entregarlo para la consumación del sacrificio y así se hizo.

Los judíos llevaron a cabo el espantoso ritual, clavando al niño mientras aún estaba vivo en una pared en la que había dibujada una cruz. Con sus brazos abiertos, atravesaron sus manos con dos clavos y un tercer clavo que traspasó sus pies.
Siguiendo con la macabra ceremonia, hundieron una lanza en su costado, finalizando por fin su imitación burlesca del Calvario.
Cuando el pequeño falleció, cortaron sus manos y su cabeza, arrojándolas a un hoyo profundo. Su diminuto cuerpecito fue ocultado bajo tierra a orillas del río Ebro.

Este niño pertenecía al coro de la Catedral de la Seo, por lo que pronto se dieron cuenta de que el niño había desaparecido. Noches después, unos guardianes notaron que de una de las márgenes del río emergía una luz resplandeciente. Avisadas las autoridades, todo el mundo fue a ver lo que allí sucedió.

Poco a poco fueron haciendo un profundo pozo y con gran asombro y consternación descubrieron el pequeño cadáver, sin manos ni cabeza, pero observaron rápidamente que sus pies estaban atravesados por un clavo y cubierto por una sábana.
Se supo rápidamente que era el niño que estaban buscando, ya que éste había nacido con la señal de la cruz grabada en la zona derecha de su espalda.

Debido a la forma en que fue hallado, el párroco y el pueblo se pusieron de acuerdo para llevarlo procesionalmente hasta la Iglesia de San Gil. Unos días después fue llevado nuevamente en procesión a la Iglesia de la Seo.

Más tarde se conoció que en un pozo de la calle del Limón, hoy llamada Calle del Santo Dominguito del Val, emergía una luz extraña. Allí estaban sus manitas clavadas y su cabeza de niño mártir.

Una vez reunido todo el cuerpo, se colocó junto en una urna funeraria con el siguiente escrito: “Hic infans lacet Pro Christi Nomine Martyr, Beatus Dominicus de Val.”
Fue declarado mártir por la Iglesia y su fiesta se celebra el 31 de agosto.